El Confidencial
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José Manuel López García
Un poco de todo

Chupópteros

25-09-2017

La situación catalana llega al punto de no retorno, o eso nos hacen creer. Tras años de tira y afloja, parece que el referéndum se llevará a cabo el próximo 1 de octubre con o sin la aprobación del gobierno español. Ambos bandos exponen sus armas y los catalanes se echan a las calles para defender que la democracia y su derecho a decidir prevalezcan. Mientras, Rajoy y compañía elevan la voz para defender la Constitución y la legalidad. Los argumentos se sobreponen y algo falla. El aire arrastra un hedor que demuestra lo patético y egoísta de la clase política que desde hace tiempo se estableció en este país, mientras que los intereses propios prevalecen por encima de todo lo demás. Hacer o no democracia es la última preocupación de todos los protagonistas de esta comedia barata de serie B. Tanto los catalanes como el resto de españoles están siendo engañados, arrastrados hacia un tormenta que amenaza con hundir el débil barco que es la democracia española . Son peones en manos de falsos líderes que solo buscan su propósito personal. La nobleza y la ética que deberían aparecer como bandera en algo tan importante como un proceso de independencia no se encuentran ni si quiera al final de la cola de elementos sobre los que gira el movimiento que decantará el futuro de España. En estas nos encontramos. 

A toro pasado, como dice un viejo amigo, es muy fácil analizar los fallos que nos han llevado hasta aquí. El famoso café para todos, la solución por la que optó Adolfo Suárez ante las exigencias nacionalistas cuando se estaba redactando la nueva constitución en el año 1978, es el primer detonante de esta situación. Galicia, Euskadi y Cataluña, como nacionalidades históricas, deberían haber sido las únicas con verdaderos derechos autonómicos. En cambio, ante las presiones de otras zonas como Andalucía o Navarra, se optó por repartir a diestro y siniestro reconocimientos a todo territorio español. Monarquía democrática. Así es como se denomina a España. Un término que, por otra parte, encierra una gran incoherencia. Por eso extraña ver al actual secretario general de Partido Socialista, Pedro Sánchez, abogar por la plurinacionalidad y por la creación de un estado federal como solución a la crisis catalana. Este “revolucionario” cambio de rumbo solo conllevaría una nueva nomenclatura. No se sabe si es por incompetencia, que parece lo más probable, u otro intento de engaño hacia la sociedad. Es uno de las grandes incógnitas de este país. Cuesta diferenciar quién es más inconsciente, si los políticos a los que la democracia, arma de los ciudadanos para elegir a sus gobernantes, ha puesto al mando de las operaciones o la propia sociedad, que parece seguir a cualquier persona que se ponga a vociferar sobre una caja de cartón en medio de un parque. 

Podemos y el ególatra Pablo Iglesias se presentan como el único apoyo dentro de la oposición al proceso catalán. Hay que reconocer que el líder de la joven congregación política sabe jugar sus cartas. Se muestra como el único mástil al que agarrarse ante tal situación de crisis, los defensores de la democracia única y verdadera, como ya hicieran en su moción de censura contra Rajoy. Sin embargo, el tufillo estalinista, reconocible a la legua, se contradice con su defensa del referéndum. Como buen comunista, su modelo de estado es absolutamente centralista, y en el fondo se su sera Iglesias le repugna esta ruptura. Mientras que no tenga que firmar nada y oficializar su postura, seguirá con su apoyo incondicional al movimiento soberanista.

Pero los actores principales siguen siendo el gobierno español y el gobierno catalán. Ambos son los culpables de esta situación. Utilizan las armas legales para enmascarar sus oscuros propósitos, ya que realmente ninguno desea la independencia de Cataluña. Esto puede resultar chocante a primera vista, pero el punto actual en el que nos encontramos es resultado de un intenso tira y afloja. Primero Artur Mas y ahora Puigdemont lleva años tensando la situación con España. Seguramente las amenazas de independencia, conscientes de que esto genera el pánico absoluto en Madrid, sean una forma de conseguir un aumento de las capacidades de autonomía. El problema surge al ver el punto hasta el que se ha llegado. Ya no hay vuelta atrás. La mitad de la sociedad catalana está totalmente convencida de que ser un país que se autogobierne está cerca, casi palpable con las manos. Una situación que se está llevando de una forma surrealista y totalmente anticonstitucional. Se puede vislumbrar a Puigdemont en su dormitorio todas las noches rezándole a Sant Jordi para recibir en cualquier momento una llamada de Rajoy para sentarse a negociar. Ya no tienen escapatoria. Solo les queda llevar el procés hasta el final, a pesar de que no saben qué resultado tendrá la ecuación, que será presumiblemente perjudicial para Cataluña. 

Rajoy ,por su parte, se limita a declarar ilegal todo lo relacionado con el 1-O. Y tiene razón, porque no es algo que se contemple desde el punto de vista constitucional. Pero su pasividad ante todos los desafíos que se le han ido apareciendo durante su tiempo como presidente parecen dejarle cada vez con menos crédito. Un referéndum legal nunca ha sido tratado como una opción real, básicamente porque no quiere. Pero desde su posición de presidente de España obtiene unos puntos extra en estas turbulentas aguas. Algún día tendrá que tomar una decisión compleja, que para eso los españoles le han considerado como el líder más idóneo durante los últimos seis años. El resultado del 1-O será prácticamente inocuo desde un punto de vista político. Pero la tensión irá en aumento. El gobierno de Cataluña, a base de mentiras, ha convencido a una parte del pueblo catalán de la independencia. Los ha utilizado contra el Estado como arma de presión. Pero esto se volverá en su contra. Cuando el referéndum, tenga el resultado que tenga, sea invalidado, la sociedad de Cataluña estallará y exigirá nuevas decisiones para alcanzar el santo grial que les fue prometido. No habrá una respuesta clara. Aquellas personas que jugaron con fuego arderán en llamas ante la impotencia porque la noche es oscura y alberga cosas aterradoras. En este caso, los políticos, quienes han jugado con algo que escapaba a su capacidad intelectual, pronto se darán cuenta de que han encendido la bravura de un ente, la sociedad, que entra en ebullición cuando se marca un propósito y que no descansará hasta alcanzar su objetivo una vez se ha encendido la mecha. 

Pablo Lodeiro


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